ERNESTO LACLAU: “La política es caminar entre dos precipicios”


Por Carolina Keve (Pagina 12. 21/4/07)

Las posibilidades y los desafíos de Latinoamérica en un incipiente mundo multipolar. Los electorados de centro y su permeabilidad al discurso de la derecha. Las demandas insatisfechas pero no corporativas que hoy atraviesa la Argentina. El dilema de los movimientos de protesta social.

–¿Cómo puede entenderse el apoyo popular a un candidato que responde a los sectores patronales con promesas de corte liberal?

–Es justamente lo que yo abordo en mis últimos trabajos con la noción de antagonismo. Hay momentos políticos donde la disgregación, la heterogeneidad social, es tan grande que no se puede reconducir a ningún principio de unidad. Ese fue exactamente el problema que enmarcó las elecciones en Francia, y corresponde a un patrón que se repite en la mayoría de los países. Hoy es el electorado del centro, aquel más heterogéneo, el que finalmente decide cualquier resultado político. Lo más peligroso es que se trata de un electorado que tal vez tiene demandas de corte progresista, como la despenalización del aborto, pero al mismo tiempo responde a un discurso a favor de la seguridad, de tipo reaccionario. Es decir, no hay una sectorización bien definida y esa dispersión genera reglas poco claras. Aparecen entonces casos donde discursos de derecha terminan recibiendo la aceptación y el apoyo explícito de algunos sectores de la izquierda. Es algo peligroso, porque en realidad así no se sabe bien en qué dirección puede ir la política.

–¿Este análisis puede aplicarse a la Argentina? Hay un sector que puede definirse como el centro, que hoy no sabe a quién votar.

–Sí, pero el peligro es mucho menor. La dispersión de las demandas sociales registrada en este país durante el 2001 ya no existe. En ese entonces había una enorme proliferación de las protestas sociales que no lograba traducirse en el sistema político. Y eso era lo peligroso, porque el “que se vayan todos” implicaba que quede uno solo.

–Sin embargo, en las últimas semanas aparecieron varios focos de conflicto.

–A mi entender, lo que hay es una exacerbación desde distintos sectores sobre conflictos muy específicos, como fue lo que ocurrió con Santa Cruz. Es cierto que hay demandas insatisfechas, pero estas demandas no son de tipo corporativo porque, a diferencia de cuatro años atrás, hay un espacio político que articula los reclamos sociales. Néstor Kirchner justamente se enfrentó con la necesidad de lograr que la movilización de las bases tenga efectos a nivel del sistema político. Esto implicó conciliar dos lógicas: la institucionalización y la movilización. Por supuesto que hay peligros, pero son los peligros que hay siempre y que hacen a la política. El antagonismo llevado al extremo puede conducir a una dicotomización extrema del espacio social, fue lo que pasó con la fórmula Braden o Perón. Pero sin conflicto no hay política.

–Por el contrario, si se institucionaliza la protesta se habla de cooptación.

–Ahí el peligro es el reemplazo de la política por la administración. Y eso no es más que la eliminación del momento político. Jorge Abelardo Ramos decía que “la sociedad nunca se polariza entre el manicomio y el cementerio”. Es decir, el cementerio sería un régimen completamente institucionalizado, mientras que el manicomio es el puro antagonismo. Siempre lo que se da es una situación intermedia, en que lo político opera a través de las lógicas equivalenciales, articulando las demandas, y lo institucional también tiene su parte. No hay nunca un populismo puro.

–En el caso de los piqueteros se planteó un dilema. ¿Cómo responder a un Estado que repentinamente atiende sus demandas sin perder su lugar como actor antagónico?

–Es en realidad el problema con el que se enfrentan todos los movimientos sociales. Ya que si se mantienen en completa autonomía, sin entrar a un nivel de representación dentro del aparato estatal, pueden terminar disolviéndose. No creo que haya un autonomismo social radical por el cual los mismos actores sociales sean capaces de expresarse enteramente. Pero, por otro lado, si entran pueden ser cooptados por el aparato, con lo cual pierden su autonomía. La política siempre es caminar entre dos precipicios.

–Hace dos años usted planteó la posibilidad de un nuevo equilibrio mundial a partir de la consolidación de la Unión Europea como bloque diferenciado de Estados Unidos. ¿El “no” del referéndum francés liquidó esa perspectiva?

–Evidentemente la situación es más difícil que hace dos años. El referéndum a través del cual los franceses rechazaron la propuesta de una constitución europea creó una reacción nacionalista en países como Francia u Holanda profundamente negativa para la integración. Hoy en Francia el enemigo es el plomero polaco. Sin embargo, aquí el verdadero problema es que el proceso siempre fue encarado desde un plano económico. Todavía no hay una identidad social. No hay una identidad europea. Las personas no se identifican como “europeos”.

–Con este panorama europeo, ¿seguimos en vías de un orden multipolar?

–Los actores protagónicos van a variar en los próximos años. Las últimas elecciones norteamericanas han sido una bofetada al proyecto de Bush. Estados Unidos cada vez se enfrenta con voces más críticas en el frente interno respecto del modelo neoliberal. Creo que lo que va a haber es un pragmatismo en el manejo de la realidad económica que va a hacer agua al modelo más ortodoxo, van a tener que empezar a pactar con nuevos sectores. China va a ser una potencia capaz de rivalizar con Estados Unidos. India se está transformando en una potencia mundial.

–¿Qué rol le cabe a América latina en este escenario?

–Hay que entender: en el mundo multipolar que se está empezando a gestar, América latina puede ser protagonista en la medida en que se consoliden el Mercosur y los nuevos proyectos de integración regional, como el Banco del Sur. Con la Cuenca del Orinoco, una de las principales fuentes petrolíferas, Venezuela puede desplazar en importancia a Arabia Saudita. Y la situación social en la región es completamente distinta. Todavía encontramos numerosas situaciones de marginación, pero si uno observa casos como el de Argentina o Venezuela se da cuenta de que pueden ser más fácilmente captadas por el espacio político que en el caso europeo.

–Pero todavía queda un largo camino por recorrer.

–Absolutamente. Aún existen fuerzas centrífugas que combatir. Por ejemplo, el presidente Tabaré Vázquez se fue a Washington tratando de traicionar al Mercosur. Este hecho uno lo puede enmarcar dentro del reclamo histórico de los países más chicos del bloque, pero nada justifica su posición dado que si la forma de minimizar esos reclamos es tratar de moverse hacia un multilateralismo en el cual cada país arriesga acuerdos privados con Estados Unidos, todo el proyecto continental se disuelve. Por suerte, Tabaré no tuvo la suficiente fuerza interna como para lograr eso. Ahí el canciller Reynaldo Gargano jugó un papel muy positivo.

–Aun las relaciones con Washington siguen generando disensos en el bloque. En este sentido, algunos le endilgan a la Argentina mantener una posición ambigua sobre el tema.

–No creo que Argentina se haya manejado mal en todo el proceso. Creo que tuvo una posición menos ambigua que la brasileña, apoyando mucho más al proyecto chavista. Recordemos la Cumbre en Mar del Plata. Allí pesó también la posición de Brasil. Lula podría haber apoyado el ALCA y con ello desbarataba cualquier horizonte para la integración regional. Lo que resulta indudable es que hay un proyecto regional que parece avanzar hacia delante.

–Ahora, tal como en el caso europeo, el Mercosur siempre fue planteado desde una dimensión económica.

–No, porque el proyecto bolivariano de Hugo Chávez tiene una forma de identidad político-cultural. Esto no excluye que las discusiones hoy pasen por el empleo de biocombustible o la construcción del Banco del Sur. Pero la integración está pensada en términos políticos. Tomemos como ejemplo la relación que mantiene Venezuela con Cuba. El capital que envía el gobierno de Chávez a la isla supera al que le envió la Unión Soviética. Asimismo, hay miles de médicos y maestros cubanos en Venezuela llevando a cabo programas sociales, que también se han implementado en la Argentina y en otros países de la región. Cuba está dependiendo económicamente de América latina como nunca lo había hecho. Esto no puede tener otra lectura que no sea política. Esta red de relaciones favoreció una “latinoamericanización” de Cuba, permitiéndole hacer frente al bloqueo norteamericano y a un nuevo proceso de transición. De otra manera no habría podido hacerlo.

Leer más...

PIERRE ROSANVALLON: EL PODER DE LA CONTRA DEMOCRACIA


(extraído de Clarín.com-Revista Ñ, por GABRIEL ENTIN 24.03.2007)

EL FILÓSOFO POLÍTICO FRANCÉS AFIRMA QUE LA VIDA DEMOCRÁTICA DEPENDE CADA VEZ MENOS DE LAS ELECCIONES Y MÁS DE LA VIGILANCIA Y LA PRESIÓN CIUDADANA, QUE NACEN DE LA DESCONFIANZA EN FUNCIONARIOS E INSTITUCIONES.
Qué es la democracia es algo que se responde casi inmediatamente: la forma de gobierno donde los ciudadanos eligen periódicamente a sus representantes en elecciones libres. Pero cuando la sociedad desconfía de sus representantes y de las instituciones políticas la democracia y la política entran en crisis. Al contrario, para P. Rosanvallon, la desconfianza muestra otra cara de la democracia que las solas elecciones e instituciones representativas no permiten vislumbrar: "El buen ciudadano no es sólo quien vota de vez en cuando sino también quien vigila permanentemente, quien interpela a los poderes, los critica y los juzga". Además de la democracia electoral, dice, hay una "contra democracia", que es "la expresión directa de las expectativas y decepciones de la sociedad". Rosanvallon propone en su último libro La contre-démocratie analizar la desconfianza ciudadana como una nueva forma de comprender las transformaciones de hoy.

p—Hoy, dice, el ideal democrático es indiscutido pero en la práctica los regímenes democráticos son cada vez más criticados. ¿cómo entender entonces el concepto de democracia?

«r—No hay un modelo de democracia. Entender qué son las democracias no significa ver si un caso particular entra en las definiciones conceptuales que se dan. Desde mi punto de vista, la democracia es una historia y un campo activo de experiencias...Como horizonte regulador, la democracia es un régimen de la confianza, de la participación, de la implicación y una sociedad de la redistribución. Pero la democracia no es una forma política acabada y engendra una decepción que nace de la indeterminación del ideal democrático y de la dinámica de sus tensiones estructurantes.

«p—¿Esa decepción provoca lo que llama "contra democracia"?

«r—Hay dos momentos fundamentales de la actividad democrática. Por un lado, la vida electoral, la confrontación de programas; lo que llamamos la escena política, cuyo objetivo es instituir la confianza entre ciudadanos y gobernantes. Pero hay un segundo momento constituido por las intervenciones ciudadanas que buscan corregir los olvidos, las relajaciones y las desviaciones del poder. Los ciudadanos sancionan a los representantes no sólo en las urnas: los sondeos, la presión de los medios, las manifestaciones, los recursos ante la justicia son prácticas que se traducen en la institución de la desconfianza y que representan lo que yo llamo la contra democracia. Hay una democracia de la legitimación del poder y una de la vigilancia y del control del poder. Contra democracia no es lo opuesto a la democracia sino la democracia no institucionalizada, reactiva: la democracia de poderes indirectos diseminados en el cuerpo social. Y cada vez hay menos elección de candidatos y más descarte de personas que rechazamos porque han sido incompetentes o nos han decepcionado. En Francia es evidente que el resultado de las próximas elecciones presidenciales dependerá más de una dinámica de rechazo que de una lógica de proyecto. Los ciudadanos siempre ejercieron su desconfianza pero la rebelión y la disidencia contra los poderes se inscribían en una visión global de la sociedad. En cambio hoy la crítica no construye nada, se reduce a una expresión de descontento que no designa ninguna ambición sino una decepción que puede transformarse en demisión e inmovilismo.

«p—¿Pero la desconfianza provoca la pasividad de los ciudadanos o sirve para la vida democrática?

«r—El problema de la contra democracia es su ambivalencia. Detrás de la desconfianza hay una dimensión positiva relacionada con la vigilancia, que consiste en poner a prueba los poderes, en obligarlos a explicarse, a hacer públicos sus argumentos, a responder las demandas de la sociedad. Pero también puede degradarse en una visión puramente negativa, de sospecha permanente ... La desconfianza puede destruir la democracia si está separada de la participación política y si se da sin una organización de la legitimidad. Pero en sí misma es positiva porque la democracia no consiste sólo en la organización de poderes sino también de contra poderes. Los canales y objetivos de la expresión política se diversificaron; las grandes instituciones de representación y de negociación han disminuido sus roles mientras hay una multiplicación de otras organizaciones específicas que obtienen resultados tangibles e inmediatos. Conviene hablar de una mutación y no de un declive de la participación ciudadana: estoy en contra de los argumentos usuales de despolitización y repliegue del individuo en la esfera privada. Hay que romper con el mito del ciudadano pasivo.

«p—Si las elecciones no son suficientes para mantener una actividad democrática y la desconfianza puede llevar a un desastre, ¿cómo se puede consolidar la democracia?

«r—El verdadero problema no es la voluntad de actuar sino la falta de política y la ausencia de debates: la democracia no sólo consiste en manifestarse y votar sino también en la capacidad a la lucidez colectiva para arbitrar, decidir y construir un futuro común en el largo plazo. La actividad democrática significa escribir y vivir una historia común. La falta de organización institucional de debates, los pocos canales de expresión de la sociedad y una cierta pereza de los medios generan un riesgo de lo que llamo una democracia impolítica: una sociedad en la cual los ciudadanos son bastante activos pero ya no construyen juntos un proyecto positivo. La política de hoy se expresa en forma negativa y la responsabilidad no está sólo en los partidos sino también en los medios, intelectuales, asociaciones. Hay que estimular la producción de ideas y de análisis en la sociedad. Necesitamos una democracia de implicación y no hay recetas mágicas para ello. Hay que crearlas a través de la actividad ciudadana. Se trata de volver a una ciudadanía práctica y no sólo institucional, que debata continuamente la cuestión del interés general.

Leer más...

ARTURO JAURETCHE: UN INTELECTUAL REO


Por Juan Pablo Rodoni

Arturo Jauretche (1901-1974) escapaba al rótulo de intelectual. Cuando admitió el término, lo hizo con una aclaración: él era un “intelectual reo”. Reo por su sabiduría surgida de libros y de la calle; por ir de frente y sin dejar que nada lo sujete. Temía ser confundido con los que llamaba “intelectuales puros”, aquellos que creen ser los únicos capacitados para entender lo que sucede; que no ven las cosas desde aquí; que defienden grandes valores universales pero nunca al hombre concreto; que contemplan los conflictos sin arriesgar nunca “el cuero”.
Pero, ¿intelectual para qué?: todos los escritos de Jauretche buscan consolidar una “posición nacional”: a la que él definía como “una línea política que obliga a pensar y dirigir el destino del país en vinculación directa con los intereses de las masas populares, la afirmación de nuestra independencia política en el orden internacional y la aspiración de una realización económica sin sujeción a intereses imperiales dominantes.”

Por su pensamiento nacional y popular Jauretche adhirió al radicalismo y al peronismo. Hacia 1927 se acercó al Yrigoyenismo, considerando que allí se encontraba la expresión genuina de la nación y el pueblo. Y tras el golpe de 1930 enfrentó a la restauración conservadora en huelgas universitarias, en la lucha partidaria, y en la lucha revolucionaria.
En 1935 impulsó la creación de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) junto a M. Ortiz Pereyra, H. Manzi, R. Scalabrini Ortiz, etc. Esta agrupación tenía dos objetivos principales: por un lado, retomar, dentro de la U.C.R. las banderas yrigoyenistas; por otro, enfrentar a la oligarquía gobernante, denunciando la verdadera situación del país, como sostenían en la declaración de la conformación de FORJA: “SOMOS UNA ARGENTINA COLONIAL, QUEREMOS SER UNA ARGENTINA LIBRE”.
Desde FORJA, comenzó a trascender el pensamiento nacional y popular. Este pensamiento era algo nuevo y original. Entre los temas que desarrollaban estaba la exaltación del federalismo y del yrigoyenismo; la denuncia de los escándalos políticos (el fraude, la injerencia británica, etc); propuestas para que Argentina dejara su condición de dependiente (industrialización, nacionalización de los ferrocarriles); etc.
También era novedoso el lenguaje en el que se expresaban. Jauretche fue quien comenzó a popularizar términos como “Oligarca”, “Vendepatria”, “Cipayo”, “Descamisado”, que luego serían sello del discurso peronista.
No eran sólo semejanzas de términos; había coincidencias de fondo, véase como ejemplo, su crítica a la “democracia formal”, que sostendría posteriormente Perón: “La cosa es sencilla: se nos quiere hacer pasar por democracia el mantenimiento del parlamento, la justicia, las instituciones, es decir, lo formal que el Régimen maneja. Para nosotros la democracia es el gobierno del pueblo con o sin parlamento, con o sin jueces, y si el pueblo no gobierna, las instituciones no son más que las alcahuetas de la entrega.”
No eran coincidencias: Perón leía los cuadernos de FORJA. Y tras el golpe de 1943, Jauretche se entrevistó con Perón convenciéndose que el entonces coronel era el indicado para llevar a cabo las ideas de FORJA, iniciando así un contacto fluido entre ambos. Tras el 17 de octubre de 1945 FORJA se disolvió considerando que sus finalidades estaban cumplidas con el surgimiento del peronismo.
En 1946, fue nombrado presidente del Banco Provincia, cargo al que renunció en 1950. Los motivos para su alejamiento sólo los dio a conocer tras la caída de Perón, ya que había decidido callar toda crítica, para no hacerle el juego a la oposición: “Había desacuerdos. Pero me llamé a silencio. Porque sabía que, con todos sus defectos, la caída de Perón significaba la vuelta de la oligarquía y el imperialismo”.
Tras la Revolución Fusiladora, continuó su lucha publicando una serie de libros, entre los que se destacan: Los profetas del odio y la yapa (la colonización pedagógica), en el que desentraña la existencia de una superestructura cultural que impide el conocimiento de nuestra dependencia colonial; Manual de zonceras argentinas, en el que enumera las zonceras que nos han inculcado y repetimos sin analizar, impidiendo el desarrollo de un pensamiento nacional; y Política nacional y revisionismo histórico, donde desnuda “la política de la historia” que impide la formación de una conciencia histórica nacional y, por lo tanto, la concreción de una política nacional.

¿Fue Jauretche peronista?
Para calificar su posición política él prefería utilizar el término “nacional”, y sostenía que luchaba por una sola causa, la liberación del país: “De tal manera mi actuación en la política militante no ha estado regida por la adhesión a hombre alguno ni a estructura partidaria, sino en la medida que estos han sido instrumentos de esa causa” En este mismo sentido, agregaba que él estuvo, y estaría, con cualquier movimiento que expresara “...las soluciones nacionales, que son soberanía, independencia económica y justicia social, lo diga Perón, Plaza o Mongo Aurelio.”
Para Jauretche los dos primeros gobiernos de Perón fueron una etapa más en la larga empresa de emancipación nacional, que en un futuro, tarde o temprano, terminaría por concretarse. Y, en su opinión, para que ello ocurriese era necesario la autocrítica. Así es que en sus escritos analizó los errores cometidos por el peronismo entre 1946 y 1955. Errores que no eran muchos, pero que, a su juicio, permitieron la concreción de la revolución fusiladora: la burocratización del movimiento y la subestimación de lo intelectual dentro del mismo; la creación de una burocracia cortesana alrededor de Perón; el mal manejo de las relaciones del peronismo con los sectores medios (como el uso masivo de una propaganda centrada en aspectos superficiales sin hacer comprender a esos sectores que ellos también eran beneficiarios del crecimiento económico )
Vemos que sus críticas no caen en los lugares comunes de señalar la falta de libertades, ya que, como afirmaba, él sufrió esa falta de libertad antes, durante y después de los gobiernos de Perón, pero también sostenía: “entre las dos carencias de libertad, prefiero optar por la que me cierra la boca, pero que defiende al país, y me la cierra confesada y francamente, a la que me cierra la boca para impedir que defienda al país...Esos son los términos del problema, la encrucijada cuyos dos caminos parecen conducir a la opresión pero con esta diferencia: una opresión es hija del interés nacional, la otra del interés antinacional.”
Mas allá de los errores antes señalados, su balance de los dos primeros gobiernos peronistas era más que positivo: “Feliz nuestra generación que vivió después de 1943 los días de la PATRIA GRANDE, que no pudieron ver sus padres. ...hubo errores, crímenes, peculados, injusticias, lo mismo que en los días de la PATRIA CHICA. Pero se hizo historia, se echaron bases, que no serán abolidas porque están consolidadas en la conciencia de los argentinos. Se lograron conquistas, y la fundamental, una clara conciencia en el pueblo, que no permitirá la vuelta atrás.”

Para finalizar podemos decir que la acción de Arturo Jauretche debe servir de ejemplo. Toda su vida ha sido una lucha constante por realizar el destino de grandeza para nuestro pueblo y nuestra nación. Lucha que llevó adelante arriesgando “el pellejo”, con modestia y escasos recursos; cuestionando al pensamiento dominante, aunque corriera el riesgo de convertirse en un marginal, desnudando nuestras zonceras; reconociendo errores; defendiendo a la patria sin apelar al tono de acto escolar ni de marcha militar.
Si es difícil repetir su lucha, al menos podemos recurrir, a su optimismo, ya que Jauretche estaba convencido de que nada grande se puede hacer con la tristeza: "nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos y los pueblos deprimidos no vencen ni en la cancha de fútbol, ni en el laboratorio, ni en el ejemplo moral, ni en las disputas económicas… Por eso venimos a combatir alegremente. Seguros de nuestro destino y sabiéndonos vencedores a corto o largo plazo".

Leer más...